miércoles, 21 de marzo de 2012

Estetizando cotidianidades en un mundo recargado.

Cortinas de baño - Oscar Muñoz
En el pasado era muy sencillo contemplar realmente el arte y sentir que unos momentos en el museo estetizaban tu vida lo suficiente. En el pasado todo era un conjunto, una totalidad y así mismo era duradero y sólido... la construcción de la identidad de una sociedad era colectiva y preestablecida y así era mucho más fácil disfrutar del arte y ver los espacios artísticos como toda una oportunidad para dotar de emociones la vida, claro, una exhibición era todo un evento y aunque el contenido de las obras no causara gran revuelo en la construcción de identidad de los espectadores si les resultaba muy emocionante poder verlas, las valoraban, no era algo de todos los días, no vivían sumergidos en un mundo repleto de contaminación visual, signos, excesos, repeticiones. Ahora, situándonos en el presente, es mucho más difícil para un artista producir algo que realmente dote de sentido la vida de un espectador y le proporcione una verdadera experiencia estética, ahora la creación de identidad es totalmente flexible e individual, cambia cada minuto y siento que quienes desarrollamos nuestra vida en campos relacionados con el arte y la imagen tenemos la responsabilidad de moldear identidades (porque seamos sinceros, aunque no queramos toda producción causa impactos y moldea a los impactados) dando un espacio casi que protagónico a quien recibe nuestra producción, un espacio real que pueda sentir cercano y así apropiarse de el. Featherstone tiene algunas conclusiones  sobre cómo se estetiza la vida cotidiana en la posmodernidad pero quiero que nos centremos en una, en la que es para mí la más cercana a nuestro tiempo, lugar y circunstancia: el rápido flujo de signos e imágenes que satura nuestra vida diaria. ¿Cómo distinguir entre realidad e imagen en un mundo que nos bombardea con publicidad y metáforas día y noche? ¿Cómo estetizar nuestra vida a partir de realidades transformadas y no de engaños comerciales que sólo nos podrían llevar a la decepción de nunca alcanzar la tierra prometida por las grandes industrias?

Tenemos los artistas, los diseñadores, los publicistas, los comunicadores, una inmensa responsabilidad en nuestro tiempo y aparentemente esa responsabilidad se ha distorsionado, se ha ido convirtiendo en una constante oda a la ilusión, a la mentira, al vender como sea y lo que sea, al crear realidades imposibles -frustrantes- y lejanas. ¿De qué nos sirve caminar por el mundo rodeados de imágenes y de puestas en escena de obras artísticas si estas no nos llevan sólo a ser un soldado más en las filas del consumismo inconsciente y carente de libertad? Pienso que los productores visuales estamos en la obligación de ver al mundo como un no-lugar, carente de identidad en la mayoría de los casos y necesitado de herramientas para construir nuevas subjetividades cada vez más transgresivas y menos robóticas.

Para el desarrollo de esta reflexión quiero poner sobre la mesa a un artista colombiano, de Popayán, cuyo interés ha sido siempre  crear conciencia en los espectadores sobre lo efímero, la desaparición, la muerte y la violencia de la que es víctima la sociedad colombiana día tras día. Sí, estoy hablando de Oscar Muñoz, quien usa muchos soportes, análogos y tecnológicos, para la producción de su obra y la difusión de su mensaje. Estamos inmersos en la sociedad de consumo, bombardeados por hiperrealidades e imaginarios, por mediocridades que quieren asegurar, como podría decirlo Baudrillard en sus reflexiones,  que el arte debe dejar de ser un enclave de realidad independiente y que entre al sistema de producción y reproducción cayendo bajo el signo del arte y dotando a la vida, así, sin más ni más, de experiencias estéticas vacías e irrelevantes. Muñoz, tal vez en su cansancio y afán, en sentirse agotado por la falta de artistas críticos y el exceso de artistas regalados y complacientes, nos da una luz de cómo estetizar realmente la vida, dotándola de sentido, de la producción de posturas críticas y radicales, del exterminio de personalidades autómatas que tragan entero todo lo que el sistema consumista pone frente a sus ojos. Sí, me entristece la manera en la que Featherstone expone esa supuesta manera de estetizar la cotidianidad pues no considero válido el hecho de pensar algo como una experiencia estética sólo porque ese algo (que bien podría ser un producto más de la sociedad vacía, repetitiva y abolladora de deseos revolucionarios y progresistas) está puesto bajo la categoría de ser "arte". Siento que el arte que podría ahora estetizar nuestra cotidianidad debe de ser un arte que nos haga replantear nuestra aburrida rutina, un arte que nos saque de la ilusión en la que nos mantienen la publicidad y los mass media, es por esto que hago referencia a la obra de Oscar Muñoz y más específicamente a su exposición "Protografías" que reúne  sus más representativos homenajes a los desaparecidos y muertos olvidados de nuestro país y que a la vez nos muestra interpretaciones muy personales de su propio yo expuestas en soportes no convencionales.

Aliento - Oscar Muñoz

Necesitamos más que nunca sentirnos parte de la sociedad en la cual vivimos, hacer parte de un crítica y de un cambio y quizá llenar así  de conciencia y realidad nuestra vida cotidiana, nuestro estilo de vida cada vez más individual, nuestras ideologías y nuestro propio yo. Necesitamos hacer parte de la pluralidad con nuestras propias particularidades, aportando así a la sociedad nuevos puntos de vista  lejanos a la masa conformista, detonantes de libres pensamientos, libres acciones y seres autónomos. Apropiarnos de nuestra verdadera realidad y producir conscientemente y con un fin en torno a ella es, para mí, la manera más efectiva de construir un yo útil, diferente y capaz... capaz de exaltar su vida, sus preferencias, sus disgustos, su entorno, sus inconformidades y sus deseos de transformación a partir de del desarrollo de un ser REAL y performativo.

Línea del destino - Oscar Muñoz

La esperanza de la REunión entre arte y vida.

Portrait - Franck Rezzak

Si hay una palabra que logre describirme sería dual. La verdad es que me cuesta mucho asumir una sola postura sobre cualquier tema, o bueno, más bien una postura fija, porque como buen fanático de los debates suelo poner un punto sobre la mesa para que me lo revuelquen, me lo tumben, y me permitan emprender un proceso de creación con más fuerza y definición. Hablo de dualidad ahora porque en mi entrada anterior dejé que el pedazo purista de mi esencia hablara, y bien, ahora debo permitir que el lado crítico de la estética tradicional tome la palabra. Quiero dejar a un lado la estética tradicionalista, aquella que sólo se interesaba en la contemplación artística de las obras dejando totalmente relegadas las dimensiones sociales y cognitivas, es decir, anulando la realidad. Gadamer, a quien usaremos como polo a tierra en esta reflexión, también criticaba fuertemente esa estética tradicional y superficial de cierta manera que sólo desligaba el arte de la vida bloqueando todo aquel patrón que sirviera como puente. Gadamer propone   una estrategia para ligar de nuevo arte y vida, esa estrategia es el juego. ¿Cómo a través de un concepto como el juego; integrador, festivo, pro-activo, logramos enlazar certeramente la vida con el arte y hacer al mismo espectador parte de la construcción artística? Darle respuesta a esta pregunta llega a ser sumamente importante para un quien como yo y seguramente como muchos compañeros en las aulas se interesa por producir arte que vaya más allá del acto contemplativo simplón e intrascendente en nuestros tiempo. Darle respuesta a esta pregunta es lo que trataremos de hacer con ayuda de la obra del artista francés Franck Rezzak.

Rezzak es un artista plástico y visual que explora diversos campos como la escultura, el dibujo, la pintura y la intervención de espacios. Si hablo de juego como estrategia aplicada al arte para crear unión con la vida se debe tener en cuenta que es una acción totalmente libre y desinteresada en la cual los espectadores pueden involucrarse, intervenir, ayudar a producir, crear nuevos sentidos; en definitiva, comprometerse activamente, creo que lo que más nos daría luces sobre esta noción sería la intervención de espacios pues nos permite interactuar con la obra y construir su sentido una y otra vez desde la posición de creador o de espectador, a la final todos terminamos jugando ambos roles cuando intervenimos en la producción y a la vez creamos conceptos y sentidos a partir de esa interacción. La intervención de espacios permite al espectador no sólo construir activamente un sentido sino aportar a la construcción física de la totalidad de la obra. Es imposible para un espectador ser indiferente a una intervención y más aún en este caso a las intervenciones hechas por Rezzak, pues son intervenciones hechas en lugares abiertos, en la mitad de la anda, en campos que hacen parte del trayecto cotidiano de un ciudadano, y este, al ver modificado un lugar que jamás notaría con su afán diario, empieza a notarlo y a construir su sentido de una manera totalmente distinta... el espectador nota los espacios sólo porque están rompiendo con su cotidianidad y es allí cuando empieza también su aporte a la construcción física pues es quien transforma y completa el sentido de la obra, y es apenas obvio pues las intervenciones deben ser pensadas teniendo en cuenta el trayecto del espectador, la velocidad con la que pasará junto al espacio intervenido y la perspectiva con la cual lo verá. todo esto es un claro ejemplo de cómo el arte deja ser simplemente para "contemplar" impidiendo a sus observadores la creación de nuevos sentidos e interpretaciones y colocando una barrera gigantesca y agresiva entre creación-creador-receptor, y se vuelve un arte interactivo, proponedor, sensible a distintas interpretaciones y a valores agregados.

Hotel Rezzak - Franck Rezzak

Otro ejemplo que nos serviría para anclar arte y vida a través del juego es la práctica artística contemporánea conocida como "land art", que a la final es también una intervención espacial pero elevada a su máxima potencia utilizando como materiales la propia naturaleza y como lienzo el paisaje. En el land art no sólo los espectadores toman partido en la creación física de la obra pues como suelen estar al aire libre y sobre los paisajes están expuestas a la erosión natural y a las condiciones que el clima le ofrezca, pero el espectador juega un papel sumamente importante al desarrollar nociones sin las que un juego no tendría sentido como el vértigo y el rol; aquí el participante toma acción directa en la construcción de sentido y en la resemantización de los espacios menos pensados comenzando a verlos de una manera totalmente diferente y creando así nuevas experiencias estéticas y vivenciales, generando nuevos recuerdos, nuevas maneras de interpretar el paisaje y de desarrollarse en el.

Michael Heizer - Munich
La existencia puede carecer de sentido muchas veces, para muchos, en este mundo tan materialista y repetitivo, afortunadamente muchos artistas se han preocupado por dejar de producir arte porque sí y cada vez son más las iniciativas que proponen una interacción de los observadores, que llevan un alto contenido social, que integran, que discuten sobre sucesos que a todos nos tocan. En este caso, la intervención espacial como juego cumple con el objetivo: REúne arte y vida y transforma la experiencia artístico permitiéndole al espectador apropiarse de ella a través de la creación y transformación de la misma.

Gracias, Rezzak. Gracias a usted y a los muchos artistas que hoy se cuestionan sobre la importancia de alimentar menos la industria netamente comercial y alimentar más cada segundo las mentes cansadas de los observadores promedio, que nos sentimos relegados y ajenos en muchas ocasiones. Gracias, porque para mí no hay mejor manera de cargar la vida con sentido que nutriéndola con un arte incluyente, amable, comprometido e integral.

martes, 20 de marzo de 2012

La triste dieta de diapositivas y fotocopias a blanco y negro.

Exhibition: Pompidou and Meth Minute Cartoons 

Soy un estudiante de Artes Plásticas y de Diseño Gráfico que encuentra un poco triste la vida académica que me enmarca, es comprensible, no estudio en París y no tengo la opción de salir de mi clase de Historia del Arte a ver los referentes estudiados frente a frente en el Pompidou o en el Louvre, no. Estudio y vivo en Bogotá, una ciudad de poco artista sensible y verdadero, pero de mucho pseudo-intelectual que a duras penas sabe quiénes son Duchamp y Dalí, porque claro, están de moda. La verdad es que me agobia la idea de no poder tener en frente, en vivo, los grumos de pintura de alguna obra de Mucha o de Matisse, no poder ver en directo algún lienzo rayoneteado con los primeros bocetos de Da Vinci. Lo cierto es que mis ojos tienen acceso a millones de referentes por algo llamado reproductibilidad técnica, algo de lo que nos habla Walter Benjamin y algo que nos lleva a caer en varias dualidades... ¿Vale la pena triturar el valor aurático de una obra para exhibirla y volverla masiva? ¿La reproducción quita del todo el valor cultual a la experiencia artística y lo que recibimos nosotros no es más que una fragmentación masticada e insulsa? Quizá no nos sea tan fácil resolver estas dualidades entre las muchas otras que podrían aparecer, pero lo intentaremos.

Una terna de siglos atrás, el arte estaba totalmente destinado a conservar su valor cultual y no ser reproducido masivamente, sólo podía encontrarse en museos y estaba dispuesto de tal manera que los espectadores debían dedicarse a su contemplación silenciosa y atenta; ahora pasa todo lo contrario, el valor cultual se ha perdido y con la reproducción se ha llegado a la percepción distraída, a la descontextualización de espacio y tiempo, y en ese orden de ideas debemos aceptar que la experiencia estética se hace cada vez más pobre, veloz y vana. Soy consciente de que jamás será un evento muy emocionante o conmovedor ver fotos de pinturas impresas a blanco y negro, o ver un tiraje de media hora repleto de diapositivas sobre un buen artista, pero, ¿y entonces? he aquí una gran dualidad... de no ser por esas copias masivas -sosas y tristes pero, a la postre, sumamente funcionales- los estudiantes sudacas y lejanos al espectáculo artístico original no tendríamos elementos de estudio ni herramientas para desglosar los diferentes momentos por los cuáles ha pasado el arte en el mundo, no tendríamos puntos de partida ni referentes para formar nuestra identidad... sin aquel rollo de la reproductibilidad técnica nos sería imposible conocer de arte, y claro, mucho más estudiarla y dedicarnos a su producción y eterno rescate. Es, sin embargo, una eterna cacería de peros a la reproductibilidad, pues no es sólo no poder contemplarla en vivo, sino además estar sometidos muchas veces al discurso aprendido y enciclopédico de algunos profesores o exponentes que traen a nosotros dichos referentes. Es ahí cuando el papel del indagador y el autoconcepto deben salir a flote, si lastimosamente no podemos disfrutar de muchos originales y de su aura en vivo debemos al menos plantearnos nuevas preguntas  acerca del más mínimo detalle y desarrollar nuevas conclusiones.

La danza - Henri Matisse
Creo que nunca me había sentado a pensar en estas dualidades, jamás me había cuestionado sobre la diferencia de sentimientos que produce ver una obra en el rito del museo y verla en una pantalla de computador; y siendo sincero esa no es la única dualidad que se me mete en la cabeza y ahora me perturba. Pensemos ahora, por otro lado, en uno de los grandes líos que ha traído la reproductibilidad: las copias, las malas copias, y algunos seres que hacen ciertas intervenciones a las que aún me rehuso a rotular como artísticas. Quiero citar un ejemplo que da vueltas frecuentemente en mi cabeza y que me conflictúa: Duchamp es un artista que me gusta y al cual admiro por su capacidad de romper paradigmas y de cambiar el rumbo de la percepción de aquellos que gustaban y gustan del arte, y una cosa es que desligara uno y mil objetos de su función, los desfamiliarizara y les diera relevancia al ponerlos en el contexto de la exposición artística, pero otra muy diferente es coger una obra tan maestral como la Monalisa de Da Vinci y pintarle un bigote, y bueno, alcanzar un reconocimiento exagerado por ello, vanagloriarse, diría yo. Me molesta mucho pensar que a recursos como ese -y cada vez más descarados- han llegado muchos artistas contemporáneos mostrando en otros aspectos de su obra grandes cualidades creativas y excelentes propuestas innovadoras y convincentes, veo ahí otro gran problema de la reproductibilidad, una tritura aún más grande y extraña al aura de un original, y sí, estoy en total desacuerdo con utilizar ese tipo de recursos como parte del portafolio artístico de un exponente. Pienso que debe existir una barrera entre el creador original, el experto, el profesional y el modificador, el "creador espontáneo", y pienso que esa barrera debería ser total, que los derechos de autor deberían ser un eterno pilar a respetar, no sé, soy un gran conservador si discutimos al respecto, se debe tal vez a esa "prostitución gráfica" que la falta de creatividad y el querer hacer cada vez menos ha creado.

La Monalisa - Da Vinci VS. Duchamp 

Quizá la solución a estas dualidades es un tema de nunca acabar y quizá siempre habrán motivos para estar ligeramente a favor y románticamente en contra, digo románticamente porque soy de esos seres que valoran la esencia, el esfuerzo, la idea, el detalle... sí, es cierto, agradezco de cierta forma a la litografía y al internet por permitirme aprender, llegar, conocer y estudiar lo que tanto me apasiona, pero les digo: pronto llegará el día en el que decida dejarlos a un lado y mochilearme el planeta, pronto hallaré la manera de llorar frente a una obra expuesta en alguna sala de los más famosos museos de Europa. Pronto.